La gratitud y la alegría son dos emociones poderosas que pueden tener un impacto profundo en nuestras vidas. La gratitud es el acto de estar agradecidos y valorar lo que tenemos, mientras que la alegría es la sensación de felicidad y plenitud que surge al experimentar eventos y emociones positivas. Juntas, estas dos emociones pueden crear una sensación de bienestar y plenitud que mejora tanto nuestra salud mental como física.
La alegría, por otro lado, es una emoción más fugaz que surge al experimentar momentos positivos. Puede provenir de pasar tiempo con nuestros seres queridos, lograr una meta o simplemente disfrutar de los pequeños placeres de la vida. La alegría nos brinda una sensación de satisfacción y realización que fortalece nuestro bienestar general. También puede ayudarnos a desarrollar resiliencia y a sobrellevar los momentos difíciles, recordándonos que aún hay belleza y bondad en el mundo.
Juntas, la gratitud y la alegría pueden crear un poderoso ciclo de retroalimentación positiva. Al practicar la gratitud, cultivamos una sensación de abundancia y plenitud que nos permite experimentar con mayor facilidad la alegría. Y al experimentar alegría, reforzamos nuestro sentido de gratitud y aprecio por las cosas buenas en nuestra vida.
Descubrí el significado de la gratitud y la alegría en mi vida cuando comencé a practicar Mindfulness. Estaba sufriendo, como muchos seres humanos, profundamente atrapada en preocupaciones, tristeza, incapaz de sentirme satisfecha con lo que tenía o había logrado. Daba todo por sentado y vivía en una búsqueda constante de lo que no tenía, en lugar de enfocarme en las cosas maravillosas que ya estaban presentes en ese momento.
A los 38 años, casada y con una hija pequeña, vivía bajo un estrés constante llevando una vida agitada, persiguiendo el sueño de ser la mejor en mi carrera. A veces la sociedad o la familia implantan creencias en nuestra mente. Yo crecí con la idea de que debía ser perfecta: la mejor madre, la mejor profesional, la mejor en todo. Trabajaba más de 50 horas a la semana, y llegaba a casa cansada y preocupada por lograr la “familia perfecta”.
El estrés que conlleva el perfeccionismo genera estados de ansiedad que muchas veces no reconocemos. Mi comportamiento era agresivo, aunque aparentaba ser una persona alegre. Me levantaba con mil pensamientos de “debo hacer”. Vivía constantemente preocupada por el dinero, el trabajo, mi hija, mi esposo. Nada de lo que hacía, ni lo que ellos hacían, me satisfacía. Si hacían algo bonito, podía decir “qué bien”, pero en mi mente siempre estaba mirando hacia atrás. Incluso conmigo misma, si preparaba una comida deliciosa y todos la celebraban, en lugar de decir “gracias”, decía: “bueno, sí, estuvo bien pero…”
Mi humor era agresivo. Me bañaba, me vestía, preparaba el desayuno, mientras le gritaba a mi hija para que se apurara, y me quejaba con mi esposo si algo faltaba o si me pedía algo. Respondía de forma ingrata. Era un patrón constante.
Hasta que un día, como cualquier otro, mientras me vestía —de mal humor una vez más— gritando a mi esposo e hija para que se apuraran, él se me enfrentó y me dijo:
“Tienes que dejar de despertar cada día con esta actitud. Esto tiene que cambiar”.
Me lo dijo con una sinceridad que venía desde el alma y me dejó en shock. No tuve respuesta. En ese momento comencé a reflexionar sobre mi comportamiento. Fue uno de esos momentos de despertar que te inspiran a cambiar.
Eso ocurrió porque, en la búsqueda de la “perfección”, nada es perfecto realmente. Siempre habrá algo que falta, y con esa mentalidad, nunca nos sentiremos satisfechas ni en paz con nosotras mismas.
Cuando practicamos la gratitud, enfocamos nuestra atención en los aspectos positivos de la vida, en lugar de quedarnos atrapadas en lo negativo. Al reconocer y expresar gratitud por lo bueno que tenemos, cultivamos una sensación de abundancia y plenitud. Esto nos ayuda a sentirnos más optimistas y resilientes, incluso frente a la adversidad. Además, los estudios han demostrado que practicar gratitud mejora nuestra salud física al reducir el estrés y la inflamación en el cuerpo.
Practicar la alegría y el mindfulness cada día cambió mi manera de pensar y me permitió disfrutar más del momento presente. Imagina que empiezas a practicar gratitud: cada mañana te tomas unos minutos para escribir tres cosas por las que estás agradecida. Tal vez tu familia, tu salud, o el hecho de tener un trabajo que cubre tus gastos. Al enfocarte en los aspectos positivos de tu vida, comienzas a cambiar tu mentalidad, alejándola del estrés y acercándola al aprecio.
Con el tiempo, puedes notar que te sientes más optimista y fuerte, incluso frente a los desafíos. Tal vez notes que tus niveles de estrés disminuyen y que puedes enfrentar mejor las situaciones difíciles. Al practicar la gratitud, has cultivado una sensación de abundancia y plenitud que mejora tu bienestar mental y emocional.
De esta manera, la gratitud puede cambiar tu vida al ayudarte a enfocarte en lo positivo en lugar de quedarte atrapada en el estrés y la negatividad. Al cultivar un sentido de gratitud y aprecio, puedes mejorar tu bienestar general y encontrar más alegría y plenitud en tu día a día.
En conclusión, cultivar la gratitud y la alegría puede tener un impacto profundo en nuestras vidas. Al enfocarnos en lo positivo y permitirnos sentir alegría siempre que sea posible, podemos mejorar nuestra salud mental y física, y desarrollar resiliencia frente a la adversidad. Así que tómate un momento para reflexionar sobre las cosas buenas en tu vida, y permítete experimentar la alegría siempre que surja la oportunidad.La gratitud puede transformar tu vida de muchas maneras, grandes y pequeñas.
Tatiana Padrón Perich

